Cuando una minúscula recibe un regalo que la emociona, no hay duda de que quien se lo ha hecho es otra minúscula: a ninguna mayúscula se le ocurriría regalar nada que no fuera comprado por un precio perfectamente cuantificable en euros o en cualquier otra moneda, para así poder corresponder con un regalo de idéntico valor y que nadie se tenga que quedar suspirando de agradecimiento.
Saben las mayúsculas, sin duda, que esto no es nada serio: una emoción llevará a la otra, la obsequiada agradecerá con fervor, la otra se emocionará también y agradecerá como pueda, entonces la primera se emocionará más todavía... y al cabo de varios intercambios de ésta índole el texto se volverá dulce y esponjoso hasta límites insospechados.
De ahí, nuevamente, la importancia de mayusculizarse a la menor ocasión.
