Cuando una idea entra en la cabeza de una minúscula, esta idea deambulará por el espacio vacío: ahora se posará aquí, ahora un poquito más arriba, ahora a la izquierda. Pronto se encontrará con otra idea dispar y ambas comenzarán a dialogar entre sí, creando gran confusión en la pequeña letra. Una tercera idea se sumará a la fiesta y después una cuarta y, con frecuencia, también una quinta. La dueña de la pequeña cabecita, bajo la influencia de sus propios pensamientos, cambiará de opinión y rectificará tantas veces, que más de una letra creerá que no se encuentra en su sano juicio.
En cambio cuando una idea entra en la cabeza de una mayúscula, se asienta y marca los pasos a seguir con absoluta coherencia y rigor. Nada distraerá a la letra capital de las pautas que ésta le marca y jamás se dejará influir por otras cuestiones. Adoptada una idea, la mayúscula no dejará espacio para otras nuevas, evitando así, como ya habrán deducido, cualquier margen de error en sus juicios y acciones.
De ahí que sean precisamente las mayúsculas quienes encabezan las frases: el contexto sería caótico si las ideas tuvieran que ser revisadas cada vez que aparecieran nuevos datos.
